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Autos que se queman

Decían que esos calores no eran nada comparado a los años anteriores. Cada mañana, la humedad se arrastraba desde los jardines pantanosos, por entre los mosquiteros hacia el colchón La oncomidad en la habitacion prendía fuego y había que apagarlo con la manguera que empezaba en la casa vecina. Justo antes de despertar, los sueños se volían lívidos y retomaban las acciones sucedidas la noche anterior. Para éste – síntoma, solitario, caminante -, las mañanas son momentos extraños y fuera de lugar.

Mientras baja las escaleras de su casa, los oficios con que lo amenazaba su padre se suceden como fantasmas: este pordiosero leyendo las cartas del tarot en un banquito en la plaza; este puerta vendiendo botellas de agua en la esquina de Atlantic con Nostrand; este sapo leyendo un libro, echado spobre la acera, cubierto con aquella frazada que este animal pisó ayer cuando volvía del trabajo por la East 11; éste cayendo, sintiendo bajo sus espaldas las aceras de esta ciudad; Dirty streets burning under the sun.

El concreto hierve. Lo ve en las estelas celstes que se levantan desde el pavimento y el olor que proviene de las pozas formadas por el pichí de los camiones de basura que cruzan la ciudad con trabajadores esculturales. Las veredas están levemente pegajosas. Los habitantes de la cuadra ya ocupan los escalones de sus casas. Algunos han sacado sillas y se abanican con las hojas de un diario a medio leer. Otros dan el agua para refrescar las plantas y los musgos que se levantan como una selva por las rejas y las murallas de ladrillo rojo. Cierra la rejita detrás suyo, llevando una pesada mochila. Le oarece escuchar la recriminación de su padre, esa voz práctica, éste – perro, gringo, wailón – no se la puede.

la calle queda por un memento en silencio y aparecen las cigarras que no han dejado de quejarse durante meses. el rasguido de la escoba que se interpuso fue solo un interludio: el motor de un bus, el pitido de los camiones constructores en reversa taladrando los oídos húmedos y las casas que ahora renuevan sus fachadas con habitantes más adinerados. Mientras, solo los gritos de la gente que persigue la sombra de los olmos, patas peladas, shorts metidos en la raja, pantalones que cuelgan de las caderas, las poleras sin mangas, pechos musculados que abandonan sus camisas en los asientos de sus bicicletas, la ropa casi transparente por el sudor. los frondosas cabelleras trenzadas y recogidas como se pudiera lo más lejos del cuerpo, cocinándose bajo el sol. Nadie se salva.

Éste –  demente, trascendental –  abre la puerta del auto y lo golpea ese olor concentrado que tienen las cosas viejas. Se ve obligado a bajar las ventanas y comprobar , rodeando el automóvil, que ninguna otra pieza se haya desprendido durante esa noche. Ni una más, cierto papá? Los asientos de cuero, que alguna vez resplandecieron y que ahora parecían escamas de un armadillo, se airean. Y cuando puede ya poner sus piernas peladas sobre esa superficie grisácea, enciende el motor, escondiendo la cabeza un poco. La recorre la verguenza un poco. Tal vez nadie se daría cuenta, o no, papá? El auto se llena por dentro de olor a gasolina. Gruñe. Un milagro casi que el automovil partiera siquiera, le habí a dicho el mecánico que arregló la abolladura apenas comprado directamente del vigésimo sexto dueño, el que le ofreció arreglarle la marca, recomponerle la O alrededor de la Y invertida que decoraba el chassis, sacarle el café pegote que había en vez, cambiarle la llanta perdida, los paneles de madera faltantes, pintarle los arañazos que quizás dónde y en qué barrio ahbí obtenido gracias a un transeúnte que vios en ese Mercedes del año 79 a un millionario a quien odiar. Que vio a un orgulloso padre de familia, un padre como elsuyo, con niños y compras que llenaran la maleta donde ahora éste, incumpliendo los designios del padre , guardaba una manta y un cono naranjo para cuando se quedaba varado. Este espejo, este metal. lo que había pasado con el auto también había pasado con el padre: incumpliendo los designios del hijo, el padre había partido para siempre en un automóvil como éste. Ahora éste tenía de ambos esto y un vago recuerdo de un flamante suburbio en una ciudad pujante por la industria automotriz. Just watch out. Tomorrow it might be you.

Se concentra en la maniobra. Dura media hora, aunque sea solo para moverlo al otro lado de la acera. No mira a nadie, aunque nota sus presencias desde los escalones y las aceras. Desde el tubo de escape caliente sale una marea azul que hace toser a los niños, maldecir a los viejos y taparse la boca a los jóvenes del altillo en la casa contigua. Éste – violento, cejijunto –  hace como que no escucha; dentro suyo, las puteadas se las dedicaba e ese padre que apenas conoció, cierto?

Va a explotar. Comprueba que sin los vidrios sucios del auto, el mundo se ve aún más brumoso y tóxico. No crees? Le costó posar sus ojos sobre la proveniencia de esa voz ronca y forzada. Un cuerpo sentado en el escalón de la casa contigua. Uno de sus ojos tapado con el pelo, el otro entrecerrado y con el maquillaje corrido por el sudor. No creo. Los colores volvían a aparecer en la calle. La mujer sentada en los escalones, la vecina del cuaderno, se limpia el sudor de su mano en el pedazo de pantalón que le cuelga de su pierna y se pone los libros que había amontonado debajo del sobaco cuando se levanta, cuando sube los escalones. Sus dedos están manchados con tinta. Lo has llevado al mecánico? Los autos no lanzan humo azul, tose. Quién podría, bajo ese sol pesado, saber más de autos que éste – petimetre, achuñuscado -. El padre, tal vez…